Durante un sismo, el suelo se puede mover horizontalmente en cualquier dirección y también en sentido vertical, arrastrando consigo la cimentación del edificio. Las fuerzas de inercia o cargas sísmicas que actúan sobre el edificio resisten los desplazamientos. El mayor daño proviene casi siempre de las componentes horizontales de esas cargas, ya que los elementos estructurales verticales suelen contar con suficiente resistencia para soportar las componentes verticales.

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Por esto, como en el caso de las cargas eólicas, los edificios se deben diseñar de modo que resistan la máxima componente horizontal probable, aplicada en cualquier dirección.

Las fuerzas sísmicas varían rápidamente con el tiempo; por esto, imponen una carga dinámica al edificio. El cálculo de la respuesta de éste ante tal carga es complejo, por lo que usualmente sólo se realiza en el caso de edificios importantes muy altos y esbeltos. En los demás casos, los reglamentos de construcción generalmente permiten el uso de una carga estática equivalente, lo que facilita considerablemente el análisis.